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¡¿¿¡ Dónde ha ido a parar el salón!??!
A comienzos del s. XX, en concordancia con la expansión de la moda de recibir en las salitas, se desarrolló el concepto de salón como lugar de la casa separado de la cotidiana vida familiar al que se accederá solo en raros momentos de mundanidad.
También a esta concepción corresponde una decoración particular, bastante pesada y convencional, ideada a semejanza de los salones principescos y nobiliarios pero con resultados más bien modestos.
A este modo de concebir los espacios y la decoración se opusieron con fuerza los arquitectos del movimiento racionalistas. Los espacios de la casa llegaron a ser así abiertos y plurifuncionales, con una nueva relación interior-exterior que utilizaba a menudo atrevidas terrazas y tranquilos jardines. La luz natural inundaba estos ambientes, eliminando de las ventanas los pesados cortinajes tradicionales; los muebles se simplificaban, llegando a ser esenciales, aéreos y por su realización se utilizaron materiales insólitos (como el acero, el cristal, la madera curvada, etc.) respetando los principios ergonométricos.
Esta teoría de los primeros decenios del s. XX encontraron, sin embargo, un gran ostracismo por parte del público y de la critica, que, ligados al viejo “mueble de estilo”, consideró las realizaciones de los racionalistas aptas solo para los edificios públicos. Las nuevas concepciones salieron adelante solo en la segunda posguerra y hoy representan la orientación cultural dominante.
Marzo 2002










